Desvistiendo el Museo del Diseño de Barcelona

170 piezas de diseño textil que recorren las diferentes siluetas de la mujer desde 1550 hasta 2015

Todos los caminos llevan al Museo del Diseño de Barcelona. Al salir a la plaza de las Glorias, para los que vamos en metro, nos vemos rodeados de tres de los ejes más importantes de la ciudad: la avenida Diagonal, Gran Vía de las Cortes Catalanas y la avenida Meridiana. Ildefonso Cerdá diría que si no vas es básicamente porque no quieres.

A pesar de las obras, la vista se mantiene en alto. A cada movimiento de cabeza vemos dibujarse una bella silueta en el horizonte: desde la Torre Agbar, pasando por el Museo y acabando en el Mercat dels encants. No sé cual resulta más curiosa de todas, si la forma de pirulo de la Torre o la de grapadora gigante del museo. En cualquier caso, la “grapadora”  es quien parece esconder mil historias por descubrir.

Una vez recorridas dos de sus cuatro exposiciones permanentes, subimos a la tercera planta. Esta vez, la puerta es discreta, arrinconada, oculta bajo una cortina metalizada. Es imposible no entrar cuidadosamente como si estuviéramos a punto de descubrir las intimidades del Museo del Diseño de Barcelona.

Una luz tenue desvela el secreto de la exposición : “El cuerpo vestido. Siluetas y moda (1550–2015)”. Un total de 170 piezas que recorren los diferentes códigos morales, sociales y estéticos que han ido modificando la silueta humana durante el tiempo.  Casi sin darte cuenta, viajas al Renacimiento para aventurarte en un túnel cronológico donde eres testigo de las deformaciones que van sufriendo los maniquíes; comprimidos y liberados alternativamente desde el siglo XVI hasta la actualidad.

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Miriñaque (1856-1858) por Desconocido

 

Amplía. Como una cascada pesada cae en forma de círculos desde la cintura hasta la planta de los pies.  Su rigidez, ya sea de trama de crin o metálica, abre paso en la sala. ¿Quién iba a decir que tras esos voluminosos vestidos de la corte del siglo XIX se encontraba una jaula? El miriñaque es sin duda una de las muchas evidencias de cómo se relacionaban las personas con su entorno  y el espacio.

 

 

 

 

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Corset (1890-1900)

 

Reduce. Su forma cónica dibuja una silueta entumecida por varillas de hierro. La prácticamente anulación de la cintura le deja sin respirar. Su postura es rígida, estilizada, perfecta. Frente a la estética ni el respirar es esencial a la vida ( por suerte, es un maniquí).  El corsé reluce la intimidades bordadas con seda y tafetán de las mujeres, que desde el siglo XVI llegaron hasta el sXX con el famoso diseñador Christian Dior. 

 

 

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Camisón (1790-1810) por Desconocido

 

Alarga. Vestida de blanco como la nieve la envidian por su libertad. La tela cae por su propio peso hasta las extremidades y las exagera. Las largas mangas y las colas flexibilizan la figura y deshincha las formas tradicionales impuestas a la mujer. Un camisón que se ha convertido en un bello reflejo de las consecuencias de la Revolución Francesa, y su anhelo de libertad, en la industria textil

 

 

 

 

 

 

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Vestido (1926) por Anita Monrós

 

Perfila. Todo a punto para salir a bailar un poco de swing. Fresca, simple y elástica.  El vestido de Anita Monrós (1926) invita a cualquiera a soñar con un diseño práctico, cómodo y funcional. Demuestra cómo el cuerpo  ovalado y exagerado no es más bello que las siluetas rectas y sencillas.  Una prisión menos para la mujer moderna.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Mono (1966) por Paco Rabanne

 

 

Y  destapa. Dos chicas debaten en qué ocasión vestirían el mono de Paco Rabanne ( 1966). Ya no como arte, sino como aquél que se detiene a mirar un escaparate de Zara.  Pero aún así resulta difícil no admirarlo como una obra de arte. Miles de chapitas redondas metálicas y de plástico plateado recubren el torso del maniquí hasta los muslos. La piel respira y se deja paso a la insinuación femenina, gozando de los escotes y de la belleza natural.

 

 

 

 

 

 

 

Llegados al final del túnel sentimos como nuestro cuerpo acaba de vivir una experiencia agotadora. El cuerpo ha sido avasallado por los duros cánones de belleza de la época durante, más ni menos, que 465 años. ¿Hasta qué punto hay que llevar el cuerpo humano para ser reconocidos por la sociedad? ¿Podemos asegurar que hoy en día somos libres de las convenciones impuestas?

Al salir a la calle descubro que no. Parece que la industria textil y la historia irán siempre de la mano.

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